Por Claudio Bertonatti – El cuerpo de un paisaje es su sustrato, su relieve, su estado físico (terrestre, gaseoso o acuático), sus texturas, colores, los seres vivos que se observan, el aspecto que refleja, pero su alma… Su alma es como un misterio que tiene componentes reales, pero ocultos. Es decir, no se ven, pero no conforman una fantasía, aunque de vuelo a la imaginación y a las emociones.
El alma de un paisaje la tejemos nosotros, usando nuestros intangibles conocimientos y experiencias personales. Como si fueran los hilos de un telar, cada uno los entrama a su modo, con su técnica, eligiendo aquellos que nos conmueven, emocionan, estremecen o gustan. Se manifiesta en sus sonidos naturales y en las canciones que ha inspirado. En los versos, cuentos, mitos, leyendas y otras creencias o saberes populares. Late de modo invisible en sus topónimos y en los nombres con que llamamos y reconocemos sus plantas y animales, pobladores originales y actuales, y todo lo que
sabemos sobre ellos. También se proyecta en los sabores de las comidas ancestrales o tradicionales y, particularmente, en la memoria de los escenarios donde recordamos los acontecimientos históricos. Incluso, el pasado geológico.
Cada paisaje enseña -como un maestro- con su cuerpo y con su alma. Por eso, necesitamos aprender a verlo y amarlo. Porque si nos quedamos solo con la mirada del cuerpo, lo desalmamos. Y esa actitud, de algún modo, avala que lo tratemos como un mero territorio físico que tiene recursos para ser usados, extraídos o apropiados sin reparos. Es que nos hemos alejado de su contemplación. Y me permito recordar que contemplar (del latín, cum = compañía o acción conjunta y templum = templo o lugar sagrado) significa poner atención en algo material o espiritual.
Por eso, para cultivar una cultura más amable y respetuosa hacia la naturaleza (de la que formamos parte) no hace falta una revolución. Sí, una evolución en nuestro contemplar, para ver y sentir más profundamente.





