Hace unos días me invitaron a dar un taller con chicos de último año de secundaria en un colegio de la zona norte del Gran Buenos Aires. La idea era trabajar sobre volver a conectar con la naturaleza. Dos lunes de dos horas cada encuentro.
Armé la secuencia de lo que íbamos a hacer y ahí fui con unos veinticinco chicos del último año de la secundaria. La primera actividad era la obvia: ir a sentarnos al campo del colegio, en el césped, sin dispositivos a registrar sensaciones por un rato. Y ahí empezaron las sorpresas: la mayoría no quiso sentarse en el pasto. Cerca había una cancha deportiva de césped sintético y naturalmente las chicas se fueron a ubicar allí. «Me ensucio», » me da alergia» «no me banco los mosquitos» y un sinfín de excusas que no creí que iba a escuchar frente a un tan sencillo pedido. También debían dejar los celulares en el aula y muchos, obviamente, los tenían con ellos en la ronda fallida.
Al rato dimos la consigna de que se sacaran las zapatillas para caminar descalzos en el pasto y vino la deblacle: «eso no lo voy a hacer», «en esta no te sigo Caro», «mis pies no están en condiciones»… sólo tres chicos de veinticinco accediero
Luego fuimos hacia la huerta escolar a reconocer plantas y ahí me sorprendí más aún cuando vi que varios no querían tocarlas por «el olor en las manos». Así transcurrió la hora hasta que volvimos al aula, a la pantalla, a la comodidad de la mesa y las sillas . Y entonces les cambió el panorama.
Quedé impresionada. Se trataba de chicos que viven en un entorno suburbano, con casas que tienen amplios jardines y mucho verde alrededor. Sin embargo están completamente desconectados. Y eso tiene que ver con experiencias que no vivieron de chicos porque los adultos nunca se las propusieron. No resisten la mínima incomodidad ni son conscientes de los beneficios del contacto con el verde.
Heike Freire, es una investigadora y pedagoga española referente internacional en transformación educativa y desarrollo humano en contacto con la naturaleza. Es autora de tres libros «Educar en Verde»(2011), «¡Estate quieto y atiende!»(2017) y «Patios Vivos»(2020), donde sienta las bases de un enfoque educativo, basado en el contacto con la naturaleza.
«El ser humano lleva siete millones de años en este planeta y a lo largo de ese tiempo ha contribuido con otros seres vivos a la creación y a la vitalidad de la biosfera. Nuestra capacidad de destrucción es mucho más reciente. Representa un instante de la historia de la humanidad en el que hemos perdido completamente nuestro sentido innato de conexión con la Tierra. Al recuperar ese sentido, recuperamos también el amor por la naturaleza. Y es imposible hacer daño a alguien que verdaderamente amas». dice la creadora de la Pedagogía Verde.
Aunque hay cientos de estudios que hablan de la necesidad de que los niños vivan en contacto con el.minfo natural, en las últimas generaciones, la infancia se mudó bajo techo. En promedio, los chicos pasan hasta 44 horas a la semana frente a una pantalla y menos de 10 minutos al día jugando al aire libre. Las consecuencias de no tener ese acceso con regularidad: son, entre otras cosas, obesidad, dificultad de atención, enfermedades cardiovasculares y depresión.
En 2008 Richard Louv acuñó el concepto de «déficit de naturaleza» en su libro «Last Child in the Woods (El último niño en el bosque)» en el que relata cómo los seres humanos, especialmente los niños, pasan cada vez menos tiempo al aire libre. El libro de Louv impulsó el movimiento Children and Nature Network (Red Niños y Naturaleza), que busca restablecer el vínculo entre los humanos y la naturaleza. El Trastorno por Déficit de Naturaleza se define como la situación en la que se vive una persistente desconexión de la naturaleza lo que provoca en niños y adultos «una disminución del uso de los sentidos, problemas de atención y enfermedades físicas y emocionales» según lo define el mismo Louv. La tecnología domina nuestras vidas y cada vez desde más temprano.
La ciencia demostró que el efecto benéfico que produce el contacto con la naturaleza activa determinadas regiones de nuestro cerebro que son las encargadas de producir hormonas como la serotonina y la dopamina, sustancias responsables de la sensación de felicidad. Estar en el verde disminuye el estrés, ayuda a tomar distancia de los problemas, recupera el ánimo, mejora el humor, oxigena y aumenta la autoestima. Salud física y mental. Más no le podemos pedir.

Hace unos días volví a dar la parte final del taller. Hubo un pequeño click en los estudiantes. Reflexionamos sobre lo ocurrido el primer día y se fueron dando cuenta, les fue cayendo la ficha de a poco. Decidimos entonces armar un jardín de mariposas y retomar el proyecto de huerta existente en el colegio. Fuimos a relevar los lugares, a medir, a contar cantidad de plantas necesarias y hacer planos para presentarlo a los directivos. Les mostré.una guia de mariposas y plantas hospederas y pasaron de no querer acercarse al pasto a entusiasmarse con la idea. Para celebrar el pequeño triunfo.
Todavía falta, a ellos y a muchos. Seguimos estando más a gusto y acostumbrados a estar en el aula, con la computadora, en la oficina o en casa siempre adentro. Vivimos un «verde virtual».
Conectar con la naturaleza es un impulso innato en el ser humano, estamos dotados de mecanismos destinados a asegurar la supervivencia pero creamos entornos demasiado artificiales para hacerlo. Las consecuencias están a la vista y las generaciones más jóvenes lo padecen más aún. Es urgente cambiar de rumbo y retomar esa esencia intrínseca de la especie de la que tanto nos hemos alejado, es para eso fundamental el rol de hogares y escuelas,. Pasar un día en la naturaleza es más educativo y vivencial que pasar la tarde en un centro comercial. Insistamos. Hasta que vuelva a transformarse en una forma de estar en el mundo.





