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La Patagonia vuelve a sufrir una sequía histórica.

Ya en una especie de patrón que se repite anualmente, pero cada vez más intenso, la Patagonia Argentina se enfrenta a la alarmante falta de lluvia que perdura desde el verano; acumulando precipitaciones hasta un 50 % por debajo del promedio histórico desde octubre del año pasado.

Por cuarto año consecutivo, las provincias de Chubut, Río Negro y Neuquén sufren un déficit extremo de precipitaciones, temperaturas récord y una alarmante disminución de los cuerpos de agua. Esta situación está generando impactos devastadores tanto en los ecosistemas como en las comunidades locales.

La falta de caudal en los ríos Chubut y Senguer son la evidencia de la sequía: la naciente del primero corre con un 85% menos de agua que el promedio, mientras que el Senguer se disminuyó en un 55%. Otro de los casos más trágicos es el del lago Colhué Huapí, ubicado en el sur de Chubut. Este espejo de agua, que en el pasado cubría alrededor de 800 km², prácticamente ha desaparecido a lo largo de los últimos treinta años. El vecino lago Musters, fuente vital de agua potable para varias localidades de la región, también presenta una baja histórica.

Este dramático evento de las condiciones naturales tiene sus causas, tanto humanas como naturales. Por un lado, el fenómeno de La Niña, que azota la región del Pacífico desde septiembre de 2024, y se estima que durará hasta octubre de este año, intensifica las temperaturas y reduce la posibilidad de precipitaciones, sea agua o nieve.

Por otro lado, las industrias minera y petrolífera consumen una escandalosa cantidad de agua para su masivo funcionamiento, vaciando los ríos y lagos de la región, que luego concluye en la falta de lluvia.

¿En qué afecta la sequía al trabajo de la zona?

La Bolsa de Comercio de Rosario estimó que la sequía provocará una caída del 45 % en la producción agrícola nacional, lo que equivale a una pérdida de más de 8.000 millones de dólares en exportaciones. Además, la bajante del río Paraná, que en abril llegó a niveles críticos (0,89 metros frente a los 3,6 promedio), afecta la navegación, la generación de energía y el abastecimiento de agua para millones de personas. Los productores ganaderos de la meseta chubutense aseguran haber perdido más del 60 % de su ganado ovino por falta de pasto y agua.

Nos estamos quedando sin futuro. Sin agua no hay producción, ni vida”, expresó Marta Ríos, una pobladora de Sarmiento. Organizaciones ambientalistas denuncian también que el Estado ha reducido el presupuesto destinado a prevención de incendios y manejo del fuego, lo que agrava aún más el problema.

Los incendios, la constante amenaza

Los gigantescos fuegos que azotan los bosques de la Cordillera ya casi son un evento de todos los veranos, y tiene su explicación lógica. Si bien una gran proporción de los incendios son intencionales, para generar suelo de producción, la vegetación muerta por la sequía actúa como combustible seco acumulado, lo que favorece fuegos más calientes, más rápidos y más destructivos.

Una de las consecuencias más preocupantes de esta situación es la presencia de brasas bajo tierra, incluso semanas después de sofocar un incendio en superficie. En muchos casos, las raíces, hojarasca y capas profundas de turba continúan ardiendo lentamente sin oxígeno, manteniéndose encendidas. Estas pueden reavivar nuevos focos cuando cambian las condiciones climáticas o vuelve el viento, lo que obliga a los equipos de emergencia a realizar monitoreos permanentes.

El ciclo de precipitaciones abundantes del que depende la Patagonia para que susbista la producción (junio, julio y agosto) no ha dejado ni una gota. Esto es la antesala de una primavera y verano que, de no tomarse las medidas políticas necesarias, podría ser aún peor que los que preceden. Debe encontrarse un manejo más eficiente y equitativo del recurso hídrico, inversiones en infraestructura de captación y distribución de agua, y la protección de cuencas estratégicas como el Río Chubut o el Senguer.